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Pequeños Momentos con Grandes Recuerdos (Little Moments with Big Memories)

The following article is part of a series dedicated towards celebrating National Hispanic Heritage Month.

By Yaneth “Janet” Peña, 130 YinD

I was given the task of writing a story in Spanish about my time in Thailand as an assignment for an application. Below is both the English and Spanish versions:

When I first got to Thailand, I knew that my life would be different. I would be living in another country, speaking an unfamiliar language, eating food out of my comfort zone, and every day would be a challenge to the norm I had become accustomed to. Little did I know, it wouldn’t be the extravagant vacations or awkward encounters that would stick out when people asked me to relay stories of Thailand. No, the stories that would shine brightest in my memory will always be the quiet ordinary ones. Those will stay with me forever.

I remember meeting my hosts for the first time and being incredibly nervous and anxious. Although my hosts had no obligation to me after my one-month stay was up with them, I knew that most likely they would be my life line into integrating into my community for the next two years, and I wanted to make a good first impression. Unfortunately, after a delayed 12-hour journey from my training site, myself and my escorts arrived well past midnight. I thought we would miss our introduction, and I would just be shown to my room to go to sleep, but I was wrong. My hosts had stayed up and were patiently waiting to greet me. They squeezed my arms in greeting, and we spoke in both broken Thai and English. Before I knew what was happening, they led me to a mat on the ground that had an ornate flower set up, and in the middle, a spherical ball of white yarn. Immediately, everyone began to pray, and after praying, every person individually cut a piece of the white yarn and tied it around my left wrist while simultaneously blessing me. After, we would all go to bed and wake up the next morning for an awkward, but funny second meeting.

That same weekend, I would attend my first community event with them. What I didn’t expect was that it would be a funeral. Funerals in Thailand are a bit different than what I was used to back home. Here, they are three to seven-day long events full of music and food, and generally, more of a social gathering than a period of mourning. Immediately when we arrived, my very well-respected hosts had numerous people greet them and inquire who I was. Before I could launch into my well-rehearsed speech about being a volunteer from America, my host dad introduced me as their daughter and told them I would be staying with them for the next two years. It continued that way for the rest of the evening. As I drifted away and began to socialize on my own, people who had just met me would grab me by the hand and give me food or snacks and introduce me to their friends as the daughter of Ajaan (Professor) Charoen and Sim. No one questioned my broken Thai or how I could be their daughter, I just was and that was that.

Twenty months later and these first memories of my host family are still the most memorable to me. They’re important because within these small moments would live a theme that has existed the entirety of my service: themes of kindness and generosity. From that first ceremony, a humbling welcoming expressed through the binding of white yarn to a funeral where I was introduced as their “daughter,” both these moments gave me something I wasn’t expecting – a family. Now, I can’t really imagine what these last few months have in store for me. All I know is that I want to continue to soak up these little moments with my family and be grateful that life has allowed me to experience a life as special as this.

SPANISH VERSION

Cuando llegué a Tailandia sabía que mi vida iba ser diferente. Todo era un desafío a lo que estaba acostumbrada. Aun así, aunque esos primeros meses fueron difíciles y tengo algunas experiencias divertidas sobre cómo me adapté a una nueva cultura, esas experiencias no son las que me vienen a la mente cuando la gente me pregunta sobre Tailandia. Las cosas que están más presentes en mi memoria son aquellos momentos pequeños pero extraordinarios que he vivido en mi nueva vida, los cuales tendré presentes por el resto de mi vida.

Recuerdo haber conocido a mis anfitriones por primera vez y estar increíblemente nerviosa y ansiosa. Los anfitriones no tienen obligación de mantener voluntarios durante más de un mes, pero sabía que probablemente serían mi guía para integrarme en mi comunidad durante los próximos dos años y quería tener una buena primera impresión. Desafortunadamente, después de un viaje retrasado de 12 horas, mis acompañantes y yo llegamos mucho después de la medianoche. Pensé que nos perderíamos nuestra presentación y que me llevarían a mi cuarto a dormir, pero me equivoqué. Mis anfitriones se habían quedado despiertos y esperaban pacientemente para saludarme. Me apretaron los brazos a modo de saludo y hablamos como pudimos en idioma Tailandés e Inglés. Antes de poder procesar lo que estaba sucediendo, me llevaron a una estera en el suelo que tenía una flor adornada y en el medio una bola esférica de hilo blanco. Inmediatamente, todos comenzaron a orar y después de orar, cada persona cortó individualmente un trozo de hilo blanco y lo ató alrededor de mi mano izquierda mientras simultáneamente me bendecía. Después, todos nos fuimos a la cama y nos despertamos a la mañana siguiente para una segunda reunión un poco incómoda pero graciosa.

Ese mismo fin de semana fui a mi primer evento comunitario con ellos. Lo que no esperaba era que fuera un funeral. Los funerales en Tailandia son un poco diferentes a lo que estaba acostumbrada. En Tailandia son eventos de 3-7 días, llenos de música, juegos de cartas, comida y parece más una reunión social que un período de luto. Inmediatamente cuando llegamos, mis respetados anfitriones fueron recibidos por muchas personas que preguntaron quién era yo. Antes de que pudiera iniciar mi discurso sobre ser voluntario de Estados Unidos, mi anfitrión me presentó como su hija y dijo que me quedaría con ellos durante los próximos dos años. Continuó así durante el resto de la noche. Más tarde, yo comencé a socializar con gente que acababa de conocer y ellos me presentaron a sus amigos como la hija de Ajaan (Maestro) Charoen y Sim. Nadie cuestionó mi deficiente tailandés o cómo podría ser la hija de ellos, simplemente lo era y eso era lo que contaba.

Hoy han pasado 20 meses y estos primeros recuerdos de mis anfitrionas siguen siendo los más memorables para mí. Son importantes porque dentro de estos pequeños momentos vive un tema que ha existido en todo mi servicio: mucha amabilidad, generosidad, respeto, solidaridad y muchos valores importantes para la buena convivencia, los cuales se pusieron de manifiesto desde esa primera ceremonia, una humilde pero significativa bienvenida expresada a través de la unión de hilo blanco y un funeral donde me presentaron como “hija.” Ahora, en retrospectiva, me doy cuenta de que ambos momentos me dieron algo que nunca esperaba: una familia. Hoy no puedo imaginar lo que estos últimos meses tienen para mí. Todo lo que sé es que quiero seguir apreciando estos pequeños momentos con mi nueva familia y dar gracias a ellos por permitirme haber vivido y seguir viviendo momentos tan especiales.


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